domingo, 20 de marzo de 2011

Anton Corbijn y la imagen aurática del rock





Si Anton Corbijn es conocido por algo es por su inmenso trabajo como fotógrafo y realizador de videoclips que lo presentan como uno de los más destacados testimonios de la historia del rock de los últimos treinta años. No es accesorio ni pretencioso considerar la obra de Corbijn como un verdadero testimonio de uno de los momentos más fértiles de la música rock, sin embargo, el legado de este holandés ni siquiera se concibe como un documental preñadísimo de anécdotas, nombres propios y títulos de canciones. Y no puede entenderse como un documental, precisamente, porque dista de ese sustrato mimético, objetivo y neutral bajo el cual debería reposar toda obra que se entienda propiamente como un documental. El elemento disonante, que transgrede ese concepto de documento testimonial en el sentido mencionado, es, sin lugar a dudas, el tratamiento profunda y deliberadamente estético de la imagen. Considerando el dualismo forma-contenido, de una manera un tanto burda cabe decir, se podría acordar que un documental siempre tendrá como centro de gravedad el contenido, mientras que la obra de Corbijn desplaza el eje hacia la forma. Este "formalismo" del que se apropia el fotógrafo holandés reconvierte la imagen pura, la descodifica para dotarla de un aura nueva, de un sentido que va más allá de la mera fisicidad captada. Esta estetización de la imagen atiende a una imperiosa necesidad que acompaña a toda banda de rock, esto es, la creación de una identidad específica que permita, al fin y al cabo, satisfacer unos principios, unos ideales a partir de los cuales el grupo musical adopta un posicionamiento perfectamente definido ante los ojos del mundo. Esta construcción de la identidad mediante la imagen posibilita la ulterior identificación del público con ese carácter simbólico que toma por bandera el grupo musical.
Así pues, la identidad es condición de posibilidad de una posterior identificación. Dicha identificación, sin embargo, esconde una dualidad: la identidad es asumida por parte del individuo, que llega a identificarse con aquellos valores que determinan el aura de aquélla; no obstante, la definición de los principios del grupo musical no demandarán al sujeto sino a la masa, así, la receptividad y la aceptación de la identidad propia de la banda llega a consolidarse con la apelación a la masa, último bastión a conquistar por parte de toda banda de rock. Esta necesaria incidencia hacia la masa posibilita la perpetuación del aura en tanto que ésta se alimenta a partir la identificación con la misma por parte del público estimulando la creación de nuevas imágenes que vendrán a saturar el imaginario de ése. Esta retroalimentación constante formula un concepto de banda de rock que ya no construye su símbolo sólo a base de la fuerza musical, sino que encuentra en la imagen un reducto altamente fecundo para su proyección. En consecuencia, el público ya no es sólo oyente, sino que también es espectador, se convierte en un ávido receptor de imágenes que recrean ese aura con la que se identifica y que permite, a su vez, eternizarla.
El imaginario como motor de creación de lo simbólico en las bandas de rock se explica a partir de la colonización de la cultura por parte de la imagen, cuya cristalización se dará con la expansión de la MTV a principios de los ochenta. Si bien es cierto que la fotografía ve la luz a principios del siglo XIX y que el videoclip encuentra sus antecedentes en la segunda década del XX, no será hasta la popularización de la MTV que la imagen llegará a convertirse en el medio simbólico por excelencia en la esfera musical.
A pesar de esta rotunda resignificación de la imagen que tiene lugar a partir de la proliferación del videoclip con la MTV, existe ya desde los años cincuenta una clara mediación de la imagen que, aunque sea mucho más tímida y, sin duda, mucho más rudimentaria, perseguirá esa representatividad significante que tendría que llegar definitivamente treinta años más tarde.
Con la clamorosa llegada de la música rock'n'roll, que supondrá indiscutiblemente la primera gran oleada de la música pop, empiezan a aparecer los primeros indicios de la construcción de la imagen del frontman. Hollywood sabrá aprovechar el fuerte tirón popular del rock'n'roll explotándolo en la gran pantalla, en la que la innegable estrella de dicho movimiento musical, Elvis Presley, haría las delicias de una masa ansiosamente deseosa de ver al Rey representándose como tal. Esta mediación, no obstante, es resultado de un doble gesto: si bien Elvis Presley es vastamente conocido, no se representa a sí mismo como tal, sino a un personaje con el cual concuerdan los atributos definitorios de aquél - carisma, talento, virilidad, fuerza... -. Esta reverencia a la ficción no hará sino reforzar la visión aurística del artista, que se nutre incesantemente a partir de ese doble juego que se deposita en el espectador, a saber: la capacidad de reconocer a Elvis Presley en tanto que es cuerpo, pero también, y más importante, en tanto que es una idea. Este reconocimiento posibilita la recarga simbólica del artista, convirtiéndose así en una suerte de idea inmutable.
Resulta obvio que en esta primera fase de mediación simbólica de la imagen, que coincide con la primera gran oleada de la música pop, no se consigue dar con unos procedimientos autónomos, sino que todavía se encuentran fuertemente vinculados con otras estrategias culturales propias del cine, concretamente con esa fenomenología del star system hollywoodiense que inscribía en las estrellas de la gran pantalla unos caracteres prefabricados para que pudiesen ser reconocidas e idolatradas por el gran público. Si bien esta estrategia basada en la hibridación entre realidad y ficción cuajará en la esfera musical, específicamente en el caso de Elvis Presley, supondrá todavía una táctica de proyección del símbolo embrionaria en tanto que no llega a desembarazarse del enmascaramiento, de la farsa, del coqueteo con el engaño que es toda ficción.
Estos procedimientos de construcción del aura mediante la representación de la misma a partir de la ficción se dejarán atrás con la llegada de la que iba a ser la segunda gran oleada de la música pop, cuyas voces cantantes, y nunca mejor dicho, serían The Beatles. Ante la emergencia de la música como un contundente fenómeno de masas, iniciado por Elvis Presley y posteriormente corregido y aumentado por The Beatles, la televisión se convertirá en el nuevo espacio de culto de las estrellas del rock. Es así como cadenas televisivas de todo el mundo, muy especialmente del Reino Unido y Estados Unidos, crean un nuevo formato de programa en el que semanalmente actuaban en directo las bandas en boga y se analizaban los éxitos de los últimos singles lanzados al mercado.
En este momento la recreación del aura es casi inmediata, es decir, si con Elvis Presley el símbolo quedaba plenamente mediatizado por la representación en la ficción, con la implantación del fenómeno pop en la televisión se despoja al artista de todo artificio extrarealista. En este sentido, se simplifican las estrategias de simbolización apostando por una naturalización de las formas. Esta depuración de las técnicas de producción del fenómeno rock, no obstante, no debe entenderse como una despreocupación por el modo de presentación de los ídolos musicales, sino que responde simplemente a la imperiosa ley de la oferta y la demanda. Ante un reclamo desmedido por parte del público, el abastecimiento debía producirse con premura y periódicamente. Esto supuso el rechazo de las antiguas formas de recreación aurática en las que se requería de muchos meses para poder presentar ante el público el filme que tenía por objeto satisfacer sus exigencias. Con la emergencia de programas como American Bandstand, Oh, Boy!, Top Of The Pops, Shinding! entre otros, el proceso de recarga simbólica se acelera vertiginosamente y no se requerirá de una mimada producción del artificio para recrear el símbolo. Es a partir de esta agilización del proceso de recarga aurática que ésta se reproduce incesantemente y es por ello que ya no se necesitan de otros procedimientos más complejos que lo aseguren. En consecuencia, la imagen se verá también desembarazada de una producción sumamente cuidada de la forma estética para configurarse bajo la simplicidad de los parámetros del aquí-y-ahora. La imagen, entonces, se articulará en torno a dos ejes: como una imagen documental, como una reproducción mimética de las figuras de la banda de rock, pero también como una imagen aurática en tanto que se reconoce al ídolo, al símbolo convirtiéndose, pues, en un significado de lo presente, de lo real.
Será a mediados de los sesenta, concretamente en el año 66, que se producirá un punto de inflexión en la recreación del aura a partir de la imagen. Dada la colosal popularidad que estaban cosechando los de Liverpool, las peticiones para su aparición en los programas musicales en televisión se multiplicaban desenfrenadamente. Ante tal situación, se adoptó una solución que supondría un hito que marcará definitivamente el porvenir de la historia del rock: la realización de un videoclip. Paperback Writer y Rain, single y b-side respectivamente (realizados durante la sesión de grabación de Revolver pero que nunca se incluirían en el álbum), serán los títulos que iniciarán la revolución de la imagen aurática.
Era de esperar que, ante la urgencia mediática y la incomodidad de la inexperiencia, estos primeros videoclips musicales se realizasen de un modo un tanto torpe y primitivo. Efectivamente, la estructura de ambos vídeos no va más allá de la combinación de primeros planos con planos generales del grupo, intercalando mínimas variaciones en las transiciones entre éstos. No sólo la estructura viene a corroborar que nos encontramos en ese momento iniciático del videoclip, sino que la localización y el corta-y-pega de planos rodados para Paperback writer y luego reutilizados en Rain lo harán todavía más patente.
Teniendo en cuenta este contexto germinal, no sólo las expectativas por lo que se refiere al lenguaje de este nuevo formato musical no podían ser demasiado altas, sino que no deben ser tenidas ni siquiera en cuenta como un factor determinante en la recreación aurática. Hay que recordar que el videoclip venía a ser una suerte de placebo que pretendía sustituir a la versión de lo real, al puro live en los programas musicales de la TV. Es por ello que la forma de proyección del símbolo en los primeros videoclips tiene todavía mucho de ese "documental" que se centra en aquellas coordenadas espacio-tiempo reales. En consecuencia, el eje vertebral de la imagen no será en ningún caso la forma, sino el contenido. Precisamente, será a partir de la relevancia que adopta el tema de la imagen que se justificará plenamente el sacrificio de la forma. Lo crucial era reconocer a Lennon, McCartney, Harrison y Starr como The Beatles y para ello se repitió hasta la saciedad esa combinación de primeros planos y planos generales impulsando y asegurando la recarga aurática de la banda, así como la identificación del público con ésta. La deuda formal que contraen estos primeros videoclips con el formato de lo real, de lo presencial, lo alejan de una concepción conceptual propiamente dicha, no obstante, no hay que olvidar que se trata de una falsificación de lo real porque la presencia ya no es una presencia verdadera, que tiene una continuidad en el espacio-tiempo, sino que se trata de una presencia virtual. Esta ruptura con lo real no comprometerá la posibilidad de recarga aurática, sino que más bien la potenciará. Si previamente los programas musicales de televisión estaban plenamente subyugados a la presencialidad, a la proyección de lo real, del aquí-y-ahora, con el videoclip se desembarazan por completo de esta necesidad y la proyección de la virtualidad permitirá ir liberando la carga que suponía el live sin dejar de satisfacer las expectativas del público. Obviamente, la virtualidad del videoclip permitirá estar reproduciendo el mismo contenido en tiempos y lugares distintos de todo el mundo, por lo que la recarga aurática estará plenamente garantizada y ampliamente potenciada.
El videoclip como plataforma de promoción televisiva de las bandas de rock vivirá una expansión mundial arrolladora a mediados de los sesenta. La reproducción de los esquemas más rudimentarios serán una constante que se irá puliendo paulatinamente y que se empezará a dejar atrás a partir de los setenta.
Efectivamente, con la llegada del Glam Rock, cuya estrella más brillante fue indiscutiblemente David Bowie, se produce un giro en la concepción estética del rock que, en consecuencia, reformulará el concepto original de videoclip que, para aquel entonces, se entendía ya como arcaico y obsoleto. La figura arquetípica del rockero como macho indomable, que se desentendía del mundo excepto de su propio ombligo, queda totalmente superada con la efervescencia del Glam Rock revirtiendo todos los patrones que se habían considerado hasta el momento como los propios de la música rock. La revolución glam fue un auténtico revulsivo para la estereotipación de todo lo rock: la estética, la actitud y los principios con los que se había construido el símbolo de los grandes rockeros de los sesenta y principios de los setenta se abandonarán para situarse en las antípodas de éstos. La ambigüedad, la teatralidad, la bisexualidad, la androginia, el descaro y la provocación serán los valores en alza que vendrán a configurar una nueva identidad del rock que explotará todos estos principios a partir de una rebelión estética que no conocerá límites. Quilos de maquillaje, lentejuelas, purpurina, plataformas y vestimentas imposibles serán el uniforme habitual de aquéllos que se propusieron inaugurar una nueva actitud, una nueva identidad en el mundo del rock. Fruto de esta nueva tendencia estética, la concepción del videoclip también se verá reformulada: la preocupación por la imagen estética comportará, necesariamente, una mayor relevancia en la forma de presentación de la misma.
El videoclip de Space Oddity refleja claramente esta voluntad esteticista en la que el tratamiento de los planos ya no pretende únicamente plasmar la virtualidad de lo real, sino que se propone iniciar un lenguaje propio. La experimentación con encuadres inexplorados, el uso de planos monocromáticos y un montaje mucho más elaborado anunciarán la emancipación del lenguaje del videoclip. La apuesta por una mayor relevancia de lo puramente formal y estructural, así como el alejamiento de esos cánones del mimetismo virtual, marcan el inicio del videoclip conceptual. Bajo esta nueva concepción, el videoclip se desentiende de ese afán de representación de los músicos: ya no se busca la proyección real, sino la proyección simbólica, esto es, la recreación aurática en sí misma. En otras palabras, la estetización del videoclip inaugurará un nuevo lenguaje que se distancia del mimetismo para plasmar la totalidad de la identidad, del concepto, del símbolo propio de la banda de rock.
La tendencia inaugurada con el Glam rock, no obstante, se verá replanteada con la emergencia del Punk rock. Si los estetas como Bowie ensalzaban la extravagancia más excéntrica y artificiosa y con ello se inauguraron unos esquemas visuales mucho más elaborados en el videoclip, el surgimiento del Punk vendrá a reclamar una mayor simplicidad. No se trata de una simplicidad gratuita, ni de una involución del lenguaje visual del videoclip, sino que responde a la necesidad de acoplar el símbolo propio de los punks a unas estrategias de construcción del aura adecuadas.
Pesimismo, odio, rechazo, trasgresión, individualidad, libertad... Éstos son algunos de los signos bajo los que se inscribe la filosofía políticamente incorrecta del punk. Asentándose como un duro ataque hacia cualquier tipo de convención social, el movimiento punk cargó la música de ácidos y crueles mensajes que expresaban ese malestar de los outsiders del sistema. El sonido sucio, distorsionado, frenético y desgarrado hace justicia a este sentimiento anti que abrazó toda esa generación. Rebeldes con causa, los punks conciben la música como medio de expresión de su filosofía: no componen canciones, sino declaraciones de principios. Habiéndose convertido en portavoces de toda una generación de jóvenes cabreados con el mundo, el vínculo de unión entre representantes y representados no era otro que los gorgoritos que despellejaban al mundo entero. Por lo tanto, el contenido de los textos es el núcleo fundamental de la construcción del símbolo punk en tanto que permite asumir claramente una identificación con los principios de los que se apoderan las bandas punks, o sea, con la identidad propia de éstas. Si el mensaje es el factor determinante de la esencia del punk, es obvio que toda estrategia de construcción del aura vendrá a enfatizarlo relegando otros aspectos a un segundo plano. La simplicidad visual de los videoclips de las bandas punks responderá, precisamente, a este propósito. La reproducción de las bandas entonando gritos de guerra contra el sistema ante un público desatado será el factor común a la mayoría de los videoclips y, es por ello, que la construcción de la imagen se simplifica notablemente respecto a aquélla más refinada del glam. La combinación de planos de la banda con planos del público serán, básicamente, los ejes que articularán la visualidad de los videoclips para reforzar la esencia de éstos: la unión de toda una generación de inconformistas.
Con la evolución de fenómenos musicales que coparon el panorama de la cultura musical tales como las New Wave americana e inglesa, el Revival sesentero, el sonido Disco y el Dance llegamos ya al fin de una década que sentó las bases de la posterioridad del rock en todas sus dimensiones.
En los ochenta se producirá un punto de inflexión fundamental que no tendría tanto que ver con la música en sí, sino, más bien, con la revolución de la proyección de la imagen del rock. La creación de la MTV en el '81 será, sin duda, el factor determinante de este cambio. Esta cadena de televisión se concibe como una plataforma de proyección de videos musicales 24 horas al día, 7 días a la semana, lo que implicó una vuelta de tuerca en el consumo de música que se resume perfectamente en uno de los lemas de la cadena: You'll never look at music the same way again. En efecto, con la expansión de la MTV cristaliza ese proyecto que empezó a tomar cuerpo a mediados de los sesenta con la emergencia de programas de TV musicales llevándolos a un nuevo nivel: la disponibilidad de contenidos videomusicales las 24 horas del día supondrán una reformulación en la ontología de la música rock. Efectivamente, ahora la música no se presentará sino bajo un soporte visual que la sostiene, de este modo, música e imagen quedan asumidas dentro de una nueva concepción en la que lo visual y lo sonoro se interpelarán mutuamente.
Fruto de esta ecuación en la que un tema musical equivalía a una imagen, surge un nuevo concepto, el de VJ (video jockey), que evidenciará el surgimiento de esta nueva cultura musical. En efecto, la función del video jockey era la de presentar los videoclips, dando detalles jugosos sobre cualquier cosa relacionada con la banda. El videoclip, por lo tanto, se convierte en condición de posibilidad de conocimiento de las bandas de rock, cosa que supone la reconversión de los esquemas anteriores. En efecto, en los programas musicales de los sesenta el conocimiento de la banda de rock era condición de posibilidad del reconocimiento de ésta en la imagen; con la popularización de la MTV, en cambio, el videoclip se convierte en un elemento potencial del reconocimiento. En otras palabras: ya no es necesario conocer al grupo musical previamente para reconocerlo y garantizar así la recarga aurática, sino que el medio visual permitirá la difusión de bandas desconocidas que llegarán a la masa para posteriormente ser reconocidas por ésta. Es por ello que el videoclip ya no sólo cumple la función de recarga aurática, sino que también se configura como imagen potencial de reconocimiento.
Siendo los videoclips las cartas de presentación de las bandas, resulta obvio que el tratamiento de la imagen será fundamental. Es a partir de este momento que la expresividad en el medio del videoclip adquirirá una idiosincrasia propia en la que todo vale. En efecto, las estrategias de construcción de la imagen aurática en el videoclip no se ceñirán a ningún patrón determinado, sino que explorarán múltiples fórmulas de expresividad.
Es en este contexto de florecimiento del lenguaje autónomo de los videos musicales en el que enmarcamos la obra de Anton Corbijn. Habiéndose iniciado en el mundo de la música como fotógrafo de conciertos durante los setenta, este holandés logrará posicionarse como uno de los más codiciados fotógrafos y realizadores de videoclips a partir de los ochenta. El ojo de Corbijn, forjado con la fotografía, concibe el lenguaje visual de un modo profundamente plástico, estético y condensado. La fotografía de Corbijn atrapa lo corpóreo, lo simbólico y lo estético, o sea, concentra en una única imagen los tres elementos fundamentales para la construcción de la imagen aurática. Esta producción de la imagen fotográfica será completamente trasladada al medio expresivo del videoclip. Con una técnica muy depurada, un tratamiento altamente plástico de la imagen y un dominio natural del medio visual, el savoir faire de Corbijn imprime en todos sus trabajos una huella propia sin perder de vista la esencia inherente de la imagen: la proyección del símbolo.
Pride (In The Name Of Love) de U2 y Seven Seas de Echo and The Bunnymen, dos de los primerísimos trabajos del holandés, reflejan ya ese matiz personal en la que se recrea una estética de la imagen singular, autorial, fruto de unas estrategias expresivas propias de Corbijn pero también es universal, en tanto que se entiende como un medio de proyección del aura.
La estetización total, entendida bajo una dúplice vertiente, o sea, como forma, como lenguaje, como imagen pura, y como contenido, como símbolo, como aura, llega de la mano de Corbijn y, es en este sentido, que se puede entender su obra como imagen aurática por antonomasia.
Podría pensarse que la imagen aurática no se descubre con la emergencia del fenómeno rock, ya que la historia del arte recoge incontables muestras del uso de un soporte sensible (la imagen) al que se le añade un valor, un significado, un símbolo. Sin embargo, lo característico de la música rock es el uso que hace de esta visualidad significante: no pretende mostrar simplemente un significado anunciado desde una imagen, sino que se propone recrear a partir de ésta una identidad propia con la que el público viene a identificarse. Este juego de reflejos en el que se retroalimentan identidad e identificación es el motor de propulsión del fenómeno rock, de ahí que el medio visual sea desde los años ochenta el "habitat" natural de las bandas de rock.
El mérito de Corbijn reside no sólo en haber comprendido esta esencia del fenómeno rock, sino también en el dominio del lenguaje visual que, sin duda, se debe a su curtida formación como fotógrafo. Si la dificultad de concentración del símbolo en una única imagen fotográfica es evidente y, aún así, logra plasmarlo sin que le tiemble el pulso, la explotación del medio fílmico como espacio de proyección del aura abrirá un espectro de posibilidades infinitas que el autor aprovechará brillantemente.
Es por ello que su obra puede considerarse como un auténtico testimonio del rock de su tiempo, en tanto que plasma la esencia del mismo sin abandonar un estilo auténtico y muy personal. La de Corbijn será una de esas ventanas baudelairianas que nos muestran una época, un momento de la historia... La historia de cómo hacer rock.

lunes, 31 de enero de 2011

Un amor, tres minutos




Contar una historia de amor en tres minutos. Contar los besos, las caricias, los susurros, las miradas, los recuerdos, los abrazos, las lágrimas, la pérdida, el dolor en tres minutos. Parecería imposible si no fuese por el brillante corto con el que Raúl Arévalo desafía los límites de la narración en el cine.
Con una sencillez abrumadora, el joven actor y director dibuja la inmensidad de una relación de amor que nace y perece en el transcurso mismo del cortometraje. La perfecta disonancia entre la imagen y la narración permiten conjugar el principio y el fin de un amor, de cualquier amor; un inicio y un desenlace que se suceden sincrónicamente. La narración surge de una exploración del fuera de campo que remite al espectador a ese amor inicial, pasional y vivo, sin fisuras que se contrapone de pleno con aquello que efectivamente se está presenciando, esto es, la agria separación de la pareja. Esta yuxtaposición contradictoria entre imagen y narración no responde a una cuestión de mera economía narrativa, sino que aclimata el cortometraje en una estética que supone un golpe de efecto (emocional) hacia el espectador que percibe, desdoblado, lo mágico y lo terrible, lo sublime y lo cruel del amor.
Con Raúl Arévalo se cumple la premisa de que menos es más, entendiendo que menos equivale siempre a una muy cuidada manera de contar historias, de explicar relatos que, siendo minúsculos, consiguen ser universales.
Contando con una dilatada carrera como actor, en la que ha obtenido papeles para televisión, teatro y cine y no pocos reconocimentos, esperemos que la de director de cine siga avanzando con la buena estela con la que ha dado a luz a sus dos proyectos hasta el momento: Un Amor y Foie Gras.

lunes, 10 de enero de 2011

Goodfellas: un clásico contemporáneo





Goodfellas no es un juego fuera de la ley, ni una historia de mafias, tampoco es un retrato de la Familia... Goodfellas es, simple y llanamente, una lección maestra sobre cine.
Habiéndose criado con los filmes clásicos, el ojo de Scorsese está dotado de una agudeza magistral para construir relatos visuales que gozan de una fuerza estética inconmensurable. El logro de Scorsese es, precisamente, edificar ese relato a partir de una perfecta conjunción entre el lenguaje visual y la estructura narrativa del filme.
Centrándose en un estilo narrativo fuertemente clásico, previsto con una narración en primera persona, el relato goza de una composición compacta y sin fisuras, impulsando la acción con un ritmo sumamente trabajado que hace pensar en una alta capacidad por parte del director para concebir proyectos cinematográficos de complejísima envergadura. Tal y como el mismo director reconoce: "Un relato necesita una narración. Yo hago cine narrativo". Para Scorsese, entonces, es inconcebible la realización de un filme sin una estructura narrativa que la sustente. No obstante, el cine no es sólo relato, sino que también, y por encima de todo, es imagen. Es por ello que la potencia visual que acompaña al relato refuerza esa sólida consistencia de la narración. Efectivamente, el uso de la cámara del que se sirve Scorsese, se concibe como una extensión necesaria del mismo tejido narrativo en tanto que asegura la forma narrativa. Sin embargo, la narratividad no supone una condición de posibilidad suficiente para la configuración visual, es decir, la imagen se constituye como una doble potencialidad: por un lado, supone un punto de anclaje del relato, y por otro lado, concentra toda la esteticidad del filme. La imagen es perfilada por Scorsese con gran cuidado y detalle. Gracias a ello, Goodfellas goza de una expresividad cinematográfica que remite a ese cine clásico hollywoodiense, del que Scorsese es uno de sus grandes herederos. Esta reminiscencia, no obstante, es llevada por nuevos derroteros, por los derroteros íntimos del savoir-faire de Scorsese, que juega libremente con las fórmulas de cine clásico adoptándolas y superándolas al mismo tiempo.
Exigente y meticuloso, Scorsese no podría si no contar con un reparto de calidad indiscutible encabezado por Robert De Niro, Joe Pesci, Ray Liotta, Paul Sorvino y Lorraine Bracco. El trabajo coral de todos ellos tiene como resultado el excelente retrato de la amistad, la violencia, la traición, la venganza, la desesperación y la ambición.
Es por todo ello que Goodfellas se revela como una pieza imprescindible de la historia del cine, consolidándose como un clásico irrefutable. Esperemos que la historia del cine siga brindándonos la oportunidad a todos los espectadores de disfrutar con grandes joyas como ésta. Gracias, Scorsese.

lunes, 13 de diciembre de 2010

A bout de Souffle. El cine hecho presencia



El cine se ha hecho a sí mismo a base de golpes dialécticos, ha convertido a las oposiciones en su motor de propulsión, dando sepultura a muchos y encumbrando en la gloria a pocos. Esta dinámica evolutiva del cine encuentra en el período de los sesenta una de sus máximas ejemplificaciones. La revolución cinematográfica que tiene lugar en ese momento cristaliza en una pluralidad de formas que gozan de una uniformidad a posteriori debida a una intensa actividad teórica que se esforzó por sintetizar las diferencias cinematográficas específicas y dotarlas de un cuerpo teórico homogéneo. A pesar de esta pluralidad de hecho, existía una clara motivación común: reinventar el cine “con obras valientes y radicales que han cuestionado, con su existencia, el peso de una determinada tradición para acabar liquidándola o reescribiéndola[1]. Efectivamente, frente a un sentimiento rotundamente generalizado de extenuación del medio cinematográfico, se alza una urgente necesidad de renovación del mismo: el cinema nuevo se apropiará de esta misión mesiánica dando aliento a la modernidad cinematográfica.

Si bien es cierto que no serán pocos los que asuman tal empresa, será, sin duda, la Nouvelle Vague francesa su máximo baluarte. Con la Nouvelle Vague, el cine se propone resurgir de sus cenizas, como si del ave fénix se tratase, para descubrir su verdadera quintaesencia. En efecto, el cinema nuevo llega a replantearse el estatuto ontológico propio de éste: “la película no debe representar tanto una auténtica “vivencia” sino ser una vivencia en sí misma[2]. Se suprime, por lo tanto, el concepto de cine como medio representacional por excelencia para convertirse en un medio eminentemente presencial, es decir, la experiencia cinematográfica en sí misma es la única finalidad propia del cine. Evidentemente, esta reformulación ontológica del cine supondrá la asunción de un nuevo lenguaje cinematográfico que bien se podría calificar de anti-lenguaje ya que no se concibe como una gramática programática, reflexiva y cerrada, sino más bien como fruto del enaltecimiento de la subjetividad propia del autor enfatizando la especificidad de la fuerza expresiva. Es por ello que, con la modernidad cinematográfica, se renueva el concepto de autor porque “la nouvelle vague presupone situar el valor estilístico por encima de la importancia temática, hacer de lo cotidiano e insignificante objeto de atención argumental, pero sobre todo de expresión personal[3]. Esta especial fuerza que adquiere la expresividad subjetiva tendrá consecuencias sustanciales: por un lado, la afirmación del cine como un medio extradiegético, autorreflexivo, en la que la autoconsciencia de la condición cinematográfica se convierte en el lugar común del séptimo arte. Las técnicas cinematográficas refuerzan esta nueva concepción del medio fílmico, pues ya no se pretende eliminar la presencia de la cámara como mediadora entre lo profílmico y el espectador, sino que ésta se ve sublimada con la programatización de la mirada a cámara. El corte abrupto de la continuidad espacio-temporal, la falta de planificación y el uso espontáneo de la cámara vienen a corroborar esa autoconsciencia de lo fílmico. Por otro lado, el enaltecimiento de la expresión subjetiva supondrá la configuración del cine como un medio de proyección de sentido que permanece abierto, que no abastece una única lectura plausible y, por lo tanto, que consuma el cine como una esfera de significación altamente porosa. En este sentido, la modernidad cinematográfica se consolida, tal y como diría Gadamer, como un amplio horizonte de apertura de sentido en el que éste jamás se ve agotado, sino que impulsa desde su seno un inconmensurable espectro de significado.

A bout de Souffle, de Jean-Luc Godard, no sólo logra conjugar todo este ideario sobre el que se asienta la Nouvelle Vague, sino que da a luz a este nuevo cinema convirtiéndose, por tanto, en el iniciador de la modernidad cinematográfica.

A bout de Souffle no es una historia de un delincuente canalla perseguido por la policía francesa que, enamorado de una repartidora de periódicos americana, planea huir con ella a Roma. El film de Godard no es un relato, no nos cuenta la vida de unos personajes, sino que nos cuenta qué es el cine: el juego con los límites entre la ficción y la realidad. El lenguaje con el que Godard deletrea esta obra es una auténtica declaración de intenciones fuertemente rupturista con toda la tradición cinematográfica diegética. Una composición rítmica que oscila entre tempos vertiginosos y letárgicos, la libertad de improvisación del elenco, la fragmentación del relato y la rotunda presencia del cine dentro del cine componen una sinfonía desafinada según las partituras del cine anterior. Esta nueva presencialidad que asume el cine se colma en A bout de Souffle a partir de las estrategias mencionadas previamente, sin embargo, será la escena final su máxima cristalización: con la mirada de Jean Seberg clavada en el objetivo de la cámara, Godard y el cine renuncian a relatar historias, descartan la posibilidad de un cine como perpetuación de la ficción y anuncian el nacimiento del “cine cinematográfico”. En consecuencia, se reformula necesariamente el concepto de espectador, que ya ha sido desterrado de ese plácido estatuto diegético, casi pasivo, y se le apela como parte integrante del sentido del filme.

Godard desafía las leyes del cine y lo expulsa de sus propios límites del mismo modo que los pintores vanguardistas de principios del XX reclamaban esa condición autoconsciente de la pintura. El cine tendría que esperar varias décadas hasta lograr ese estadio con el director francés, quien pasará a los anales del cine como la encarnación de la modernidad cinematográfica. Sin embargo, cabría preguntarse si más bien debería ser considerado como el rotundo anuncio de la ecléctica e iconoclasta postmodernidad cinematográfica… Quizás David Lynch podría aclararlo.



[1] Miccichè, Lino: Historia General del Cine de Cátedra, Volumen XI: “Teorías y poéticas del nuevo cine” (págs. 15 – 40)

[2] Miccichè, Lino: Historia General del Cine de Cátedra, Volumen XI: “Teorías y poéticas del nuevo cine” (págs. 15 – 40)

[3] Monterde, José Enrique: Monográfico Nouvelle Vague. Los caminos de la modernidad: “¿Por qué la Nouvelle Vague?” (pág. X). Cahiers du Cinéma España, nº 27, Octubre 2009.


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Bibiografía consultada:


- MICCICHÈ, LINO: Historia General del Cine de Cátedra, Volumen XI: “Teorías y poéticas del nuevo cine”, 1995 (págs. 15 – 40)

- MONTERDE, JOSÉ ENRIQUE; TESSÉ, JEAN PHILIPPE; LOSILLA, CARLOS; DE PEDRO AMATRIO, GONZALO: Monográfico Nouvelle Vague. “Los caminos de la modernidad” (págs I - XXXI). Cahiers du Cinéma España, nº 27, Octubre 2009.

- MAGGIORI, ROBERT “Entrevista a Jean-Luc Godard”.

URL: http://www.ddooss.org/articulos/entrevistas/Jean-Luc_Godard.htm

- QUINTANA, ÁNGEL “Dirigido Por. A bout de Souffle de Jean-Luc Godard”, Junio 2003.

URL: http://www.diasdecine.com/index.php?id=142seccion=14

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Roma, città aperta: el espejo de Rossellini




Todos los caminos conducen a Roma, ciudad abierta

Jean-Luc Godard


En una ciudad devastada por la barbarie fascista, donde la miseria, el hambre y el odio son los dueños de los civiles y en la que tan sólo puede oírse el grito desesperado del pueblo italiano clamando auxilio; Manfredi, Francesco, Pina, el padre Pietro y Marina tejen una historia que da voz a esa Italia agonizante y asfixiada por la amenaza nazi. Manfredi y Francesco son miembros activos de la resistencia italiana; Pina, novia de Francesco, encarna a la población civil, a todos aquellos cuyo día a día era una auténtica lucha por la supervivencia. A su vez, el padre Pietro, solidarizado con los refugiados, da asilo a todos los perseguidos. Marina, amante secreta de Manfredi, simboliza a los que cedieron ante las fuerzas nazis llegando a delatar a su propio amante, quien será condenado al no acusar a ninguno de sus compañeros militantes. Francesco se verá también sentenciado a muerte tras no claudicar ante los oscuros métodos de tortura de la Gestapo. El destino de Pina y el padre Pietro no son más alentadores: Pina, en un intento desesperado por retener a Francesco, que había sido detenido por las autoridades nazis, es asesinada a golpe de metralleta en plena calle por las fuerzas fascistas en presencia de una multitud e incluso de su propio hijo, Marcello. Asimismo, el padre Pietro será víctima de las despiadadas armas de la Gestapo. El crimen será presenciado también por el pequeño Marcello, ahora huérfano, y sus amigos revelándose en un simple plano la agria herencia de toda guerra.

El relato narrado explora, a partir de sus personajes principales, la condición humana recorriendo los senderos de la angustia (la mirada de Pina cuando habla con Francesco sobre el futuro del país), la desesperación (cuando Pina persigue a Francesco una vez lo han detenido), la valentía (la resistencia de Francesco y Manfredi), la traición (la acusación de Manfredi por parte de Marina), el odio (reflejado tanto en los nazis como en los civiles italianos), la piedad (la oración del padre Pietro antes de ser asesinado), el miedo y el dolor (reflejados en las escenas en las que Marcello presencia los asesinatos). Rossellini retrató todos estos sentimientos que configuraron el imaginario colectivo de la Italia ocupada para ahondar en la identidad propia de este pueblo, una identidad que perecía ante un país desolado.

Con Roma, città aperta Rossellini no sólo logra condensar con un detalle sumamente cuidado la vida italiana durante la guerra, sino que lo hace, además, con una grave carencia de recursos técnicos. Efectivamente, el rodaje de Roma, città aperta se prolongó durante muchos meses debido, no a la dificultad de las escenas sino a la falta de medios (Rossellini se vio obligado a rodar en muchas ocasiones con cinta caducada). Con todo, la estética de la película no se vio sacrificada: la magistral conjugación de secuencias que emulan al documental junto con los tintes melodramáticos de otras confieren al film una textura fluida por la que la narración discurre amablemente dotando al conjunto de una potente y extraordinaria verosimilitud. A este propósito también responde el elenco de actores y actrices entre los que sólo se contó con dos profesionales (Anna Magniani como Pina y Aldo Fabrizi como Don Pietro). En conjunto, esta obra tiene “il carattere fondativo d’un nuovo modo di vedere, di rapportare lo sguardo al visibile, di fissare dei moduli prospettici e riconcepire la rappresentazione[1]. En efecto, esta nueva visión que inaugura el cine rosselliniano supondrá la explotación del lenguaje cinematográfico como un lenguaje omnipotente y omnipresente: no hay nada en la realidad que no pueda ser captado por el objetivo de la cámara. Esta asunción responde a la imperiosa necesidad de mostrar en el medio cinematográfico la verdad, la realidad, el mundo y éste será, sin duda, el emblema del cine neorealista.

Rossellini, De Sica, Visconti, Zampa, Zavattini, Lizzani, Castellani, entre otros, ven en el cine el medio privilegiado para mostrar la verdad. Esta necesidad de reflejar la realidad respondía a la férrea voluntad de hacer un cine de “conocimiento”, tal y como el propio Zavattini sentenciaba, para hacer de él un medio en el que el reflejo de la colectividad favorezca la autorreflexión, el autoconocimiento: “cuando uno adquiere consciencia de las cosas, entonces todo puede tener un desarrollo diferente[2]. En este sentido, con el neorealismo cristaliza la potencialidad ultradiegética del cine en tanto que posibilita la reorientación de la Historia. Esta funcionalidad del medio cinematográfico se fundamenta en una asunción del arte cuya finalidad es mostrar la época coetánea, sus problemas y contradicciones, sus gentes y sus culturas. El cine neorealista es el símbolo de ese VolkGeist[3]hegeliano, de esa modernidad baudelairiana del mismo modo en que el realismo literario de Zola y Dickens quiso mostrar al mundo una realidad cruel y desalmada.

Este espejo que es el neorrealismo de su contemporaneidad, con sus luchas y desalientos, con sus miedos y sus contradicciones, tiene como destino “trasmettere [...] una serie di insiemi di modelli e valori culturali e ideali che hanno aiutato l’Italia a fare del cinema il luogo e lo strumento privilegiato di confluenza di elementi identitari forti[4]. Todas las obras de los autores neorealistas citados previamente son un claro reflejo de esta voluntad de actualidad, de esta necesidad de reclamar una identidad propia porque conciben el cine como un medio que debe ser socialmente operante. Paisà (1946), Ladri di Biciclette (1948), La Terra Trema (1948), entre otros muchos títulos, son claros testimonios de esta voluntad neorealista de forjar en el cine un espejo de la actualidad con el fin de construir una colectividad crítica que inaugura un modo de hacer cine liberado de preceptos teniendo como único denominador común un rotundo posicionamiento moral. Sin embargo, no hay que olvidar que la de Rossellini será, sin duda, aquella que inicie la senda del neorealismo, cuya herencia para con la historia del cine posterior, tal y como Godard sentenció, será inconmensurable.


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Bibliografía consultada:


- Romaguera i Ramió, Joaquim; Alsina Thevenet, Homero: Textos y manifiestos del Cine. Estética. Escuelas. Movimientos. Innovaciones: “Capítulo 11: El neorealismo italiano” (págs. 192 – 218). Ediciones Cátedra, 1993, Madrid

- Brunetta, Gian Piero: Guida alla Storia del Cinema Italiano 1905 – 2003: “Capitolo Terzo: Dal Neorealismo alla Dolce Vita” (págs. 127 – 170). Einaudi, 2003, Torino

- Aprá, Adriano; Ponzi, Maurizio: Viejas Películas, Nuevos Horizontes. Entrevista con Roberto Rossellini. URL: http://www.circulobellasartes.com/ag_ediciones-minervaLeerMinervaCompleto.php?art=121&pag=2#. Entrevista original publicada en Filmcritica 1965.


[1] Brunetta, Gian Piero: Guida alla storia del cinema italiano 1905 - 2003. (pág. 151). Traducción: “el carácter fundacional de un nuevo modo de ver, de relacionar la mirada con la imagen, de fijar modos de perspectiva y de reconcebir la representación”.

[2] Viejas Películas y Nuevos Horizontes. Entrevista con Roberto Rossellini. Adriano Aprá y Maurizio Ponzi. URL: http://www.circulobellasartes.com/ag_ediciones-minerva-LeerMinervaCompleto.php?art=121&pag=2#. Entrevista original publicada en Filmcritica 1965.

[3] N.T.: Espíritu del pueblo.

[4] Brunetta, Gian Piero: Guida alla storia del cinema italiano 1905 - 2003. (pág. 131). Traducción: “transmitir una serie de conjuntos de modelos y valores culturales e ideales que han ayudado a Italia a hacer del cine el lugar y el instrumento privilegiado de convergencia de elementos identitarios fuertes”



domingo, 7 de noviembre de 2010

Sunset Boulevard o el esplendor negro


Díscolo como pocos otros directores del Hollywood clásico, Billy Wilder consiguió imprimir en su obra una idiosincrasia que si bien es representativa del cine clásico, se desvincula también de éste para afirmar la visión particular de Wilder sobre el cine.

Si bien es cierto que la obra de este director puede clasificarse en dos vertientes diferenciadas que procuran un contexto artístico específico para cada uno de los filmes, Wilder siempre se sintió incómodo con el concepto de género cinematográfico: “Somebody like myself that makes all kind of movies, works in different styles. […] I am not aware of patterns. We’re not aware that “this picture will be in this genre”[1]. A pesar de esta resistencia por parte de Wilder de enmarcar sus obras dentro de un género dado, la literatura cinematográfica acomoda la filmografía de este autor en dos tendencias claramente diferenciadas, a saber: los dramas realistas de tintes noir que abordan la realidad críticamente y las comedias irónicas que revelan una realidad ácida bajo un punto de vista escéptico y cínico. Pertenecen a la primera categoría Double Indemnity (1944), The Lost Weekend (1945),Sunset Boulevard (1950), Ace in The Hole (1951) y Witness For Prosecution (1958), entre otros títulos. Entre los filmes cómicos destacan A Foreign Affair (1948), Some Like It Hot(1959), The Apartment (1960), One, Two, Three (1961), Irma La Douce (1963) y The Fortune Cookie (1966).

Aunque el rechazo de la clasificación genérica de sus filmes se explique por las motivaciones artísticas, que no teóricas, de Wilder, la cuestión sobre los géneros cinematográficos ha abierto brechas entre los teóricos y los historiadores del cine. Mientras que la teoría cinematográfica aboga por una concepción unívoca, atemporal y ciertamente rígida sobre la cuestión del género, la historia del cine se contrapone a ésta defendiéndose con un amplio arsenal de filmes que dan al traste con la pretendida universalidad de la teoría de los géneros. Si el género se entiende como un corpus que perfila la forma y el contenido y cuya esencia viene marcada por los temas y las estructuras que lo constituyen, la identificación entre una película y el género en el que se inscribe tiene un carácter absoluto, totalizador, de tal modo que el género se convierte en condición de posibilidad del filme. En este sentido, la posibilidad de hibridación, de experimentación y de transgresión del género queda completamente anulada. Este carácter altamente restrictivo del concepto de género se contradice con la práctica sumamente extendida entre la crítica, la historia y la teoría cinematográficas que tienden sobremanera a atribuir a cada filme un género determinado. Sin embargo, Aristóteles nos recuerda que el género no es más que una categoría, o sea, un concepto abstracto bajo el que se incluyen varios prototipos que se caracterizan por unas diferencias específicas que les son inherentes. Así pues, los rasgos particulares definitorios de un prototipo son singularidades que se asumen dentro del concepto de género. En este sentido, la contradicción previamente mencionada entre la universalidad del género defendida por la teoría cinematográfica y la especificidad de cada filme queda saldada. El género, de hecho, requiere estas particularidades para poder reproducirse sin caer en la repetición de fórmulas que conllevarían la extenuación del mismo.

En este sentido, Sunset Boulevard se presenta como una clara manifestación de esta flexibilidad interna a cada género. Si bien es cierto que el marco genérico en el que se inscribe dicha obra corresponde al film noir, no pueden obviarse los guiños que Wilder hace al género gangster, al cine de terror, al drama psicológico y a la comedia de humor negro. Esta hibridación “multigenérica” se debe a que “toda definición de “le film noir” sólo se aproximaría a su realidad porque algunas de sus características son frecuentes, pero ninguna de ellas es imprescindible […] El género se caracteriza por […] un clima dramático, una violencia contenida, una filosofía de amargura y a menudo un humor sarcástico[2].

Con Sunset Boulevard Wilder presenta las entrañas de un Hollywood que se aleja del glamour característico del mundo del cine para descubrirnos su lado oscuro y decadente: Norma Desmond, célebre estrella del cine mudo que ha caído en el olvido, se resiste a asumir que sus días de gloria ya han pasado y planea un regreso triunfal a la gran pantalla. Para ello, escribe un guión de una película, en el que ella es la protagonista, que será corregido por Joe Gillis, un guionista fracasado que encuentra en Desmond la posibilidad de llevar la vida lujosa y despreocupada que tanto ansía y que con su escaso éxito como guionista jamás podría permitirse. La relación entre Desmond y Gillis dejará de ser estrictamente profesional y se convertirá en una relación enfermiza y obsesiva por parte de Desmond en la que Gillis se verá completamente atrapado, en contra de su voluntad. La tensión entre ambos culminará con el asesinato de Gillis por parte de Desmond al intentar abandonarla. Resultan obvios los rasgos de film noir presentes en el argumento, sin embargo, es en el tratamiento de los temas donde puede detectarse la clara vinculación de este filme con dicho género.

La ambición y el mundo hollywoodiense son los temas principales en torno a los cuales discurre el relato. En efecto, Hollywood es el marco en el que se desarrolla una historia de ambición que está representada por los dos personajes principales. Por un lado, Norma Desmond encarna la ambición enfermiza, enajenada que la conduce a vivir en el autoengaño y, por otro lado, Joe Gillis personifica una ambición que suprime su propia dignidad, cediendo su libertad para obtener beneficios materiales. Son tres las escenas que condensan esta codicia en el filme: en una de ellas, Desmond recibe una llamada de la Paramount que rechaza atender ya que, supuestamente, es un asistente del director Cecil B. DeMille quien la realiza y no él mismo. La protagonista, que considera que su guión y ella misma son lo suficientemente notorios como para que sea DeMille quien se encargue personalmente de tratar con la actriz, reacciona coléricamente ante tal despropósito. En la siguiente escena, Desmond se dirige hacia los estudios, donde la recibe un sorprendido DeMille. Es en este momento cuando se descubre el verdadero motivo de las llamadas: el interés por alquilar el coche de Desmond para el rodaje de una película, evidenciándose, además, la desfavorable opinión de DeMille respecto al guión de Desmond. Ajena a todo esto, la actriz se reafirma como la estrella que cree ser todavía: en el estudio se sienta en la silla del director, se deja halagar por todos los presentes y se convierte en el centro de todos los focos. Por otro lado, la ambición de Gillis queda simbólicamente retratada en la escena en que éste se dispone a abandonar definitivamente la casa de Desmond y la cadena del reloj de oro que le había regalado ésta se queda enganchada en la puerta cuando pretende salir. Se muestra que la de Gillis es una voluntad desdoblada y contrapuesta, ya que, sus ansias materiales lo atrapan en una situación en la que su libertad queda gravemente comprometida.

Tal y como ya se ha mencionado previamente, Hollywood es el marco espacio-temporal del que Wilder se sirve para narrar una historia de decadencia y ambición. El resultado es un retrato de las tripas del mundo hollywoodiense, un mundo que rezuma perversión, superficialidad y locura. Con el personaje de Desmond, Wilder consigue perfilar el lado terrorífico del Star System de Hollywood, celebridades que han sido creadas por y para el mundo hollywoodiense y cuyo desprecio no hace titubear a los ejecutivos de los estudios en el momento en que su reclamo viene a menos. En efecto, Desmond representa a todos aquellos actores y actrices silentes que, con la extensión a finales de los ’20 del sonido, su carrera se vio truncada al no ser aceptada su voz por parte del público. Esta decadencia está agudamente simbolizada en la mansión de la actriz: un lugar lúgubre, anacrónico, casi barroco, extraño, con tintes terroríficos y macabros. La visión de la mansión anuncia ya la posterior identificación que se establecerá entre ésta y la mujer que la habita, o sea, Norma Desmond. De hecho, Wilder, que residía en Los Ángeles y Sunset Boulevard (con sus extravagantes mansiones de estrellas del cine) era recorrida por él mismo a diario, dio con la idea de esta película al preguntarse por cómo vivirían todas aquellas celebridades que habían caído en el olvido. Asimismo, Wilder consigue plasmar con el personaje de Gillis el desprecio de los guionistas en un Hollywood en el que sólo el glamour y la vanidad parecen tener cabida.

Con este ácido retrato del mundo hollywoodiense Wilder muestra todo el dispositivo del Studio System. Esta autorreferencialidad manifiesta vendría a corroborarse con la estructura narrativa del filme. La narración del relato se articula en primera persona: es el mismo Gillis quien relata la historia de su propio asesinato. El inicio del filme se sitúa en el momento presente, en el que se nos muestra el cadáver de Gillis flotando en una piscina. Se anuncia desde el principio, pues, el desenlace del relato al modo de Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez. El modus narrativo se articula a partir de un flashback que remite a los antecedentes de tal asesinato. Así, la película queda dividida en tres tiempos, a saber: inicio del filme en el momento presente, flashback al pasado en el que se desarrolla la narración propiamente dicha y vuelta al presente retomando la escena del crimen y el sucesivo arresto de la asesina, Norma Desmond. Esta estructura narrativa que fragmenta el tiempo de desarrollo del relato juntamente con la figura del narrador, representada por un cadáver, reafirman la condición de artificialidad del filme que se verá ratificada por la disección del mundo hollywoodiense, contexto en el que se enmarca la historia. En este sentido, se detecta la artificialidad explícita tanto a nivel formal (con las fórmulas narrativas) como a nivel de contenido (con el desarrollo del relato en el contexto espacio-temporal de Hollywood).

Es necesario mencionar la novedad que supuso centrar el punto de vista narrativo en la figura de un cadáver. Esta táctica narrativa no será la única innovación que Wilder llevará a cabo con esta cinta. La escena en la que Gillis aparece flotando en la piscina supuso un auténtico reto puesto que era sumamente complejo conseguir “el punto de vista de un pez”, tal y como el mismo Wilder consideraba, para la recreación de la escena del asesinato. Para conseguirlo, se utilizó un gran espejo que se colocó en el fondo de la piscina, de modo que la grabación del contrapicado del cadáver se hizo, en realidad, desde el exterior del agua. La fotografía en blanco y negro y el dominio de la iluminación son elementos que, si bien no supusieron una novedad patente, son condiciones de posibilidad ineludibles para la recreación de una estética que determinará rotundamente el clima dramático y de extrañamiento del que se impregna el relato.

No es accesorio hacer mención de las modificaciones que la cinta sufrió debido, por un lado, a la opinión que suscitó entre el público la escena inicial del largometraje original en la que el cadáver de Gillis aparecía en la morgue explicando a otros difuntos los motivos que le habían conducido hasta su propia muerte. La acogida del público fue mucho más que desfavorable y, ante tal respuesta, Wilder replanteó la escena de apertura. Las demás modificaciones que sufrió la cinta fueron debidas al inquisidor Código de Producción. Dicho reglamento, implantado en la industria cinematográfica en 1927, establecía los cánones de decencia y moralidad que todo filme debía de acatar en aras de salvaguardar la defensa de la vida correcta y ejemplar. Bajo esta premisa, las largas manos de la censura del cine americano obligaron a reformular varias líneas de diálogo en las que, supuestamente, el recato y la integridad se veían comprometidos.

Con todo, la de Wilder fue una obra altamente celebrada entre público y crítica. Las once nominaciones a los Oscar, de las que, finalmente, se llevaría tres galardones – mejor dirección artística, mejor banda sonora y mejor guión original – dan prueba fehaciente de ello. Actualmente, sigue siendo considerada como una de las grandes obras cinematográficas de la Historia y, ciertamente, no es para menos, pues Wilder consigue con Sunset Boulevard regalar al espectador una obra tremendamente lograda con la que éste agradece ser el observador.




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Bibliografía consultada:


- SÁNCHEZ NORIEGA, JOSÉ LUIS, Historia del Cine, Teorías y Géneros Cinematográficos, Fotografía y TV: El estatuto artístico del cine” (págs. 187 – 192), “El sistema de los estudios y las transformaciones del sonoro” (págs. 300 – 313), “Producción y estrellato en el cine clásico americano” (págs. 314 – 326), “Estados Unidos: del New Deal al Maccarthysmo” (págs. 377 – 386), Alianza.

- ALTMAN, RICK, Los géneros cinematográficos: “¿Qué se suele entender por género cinematográfico?”, Paidós, 2000, Barcelona, (págs. 33 – 51).

- ALSINA THEVENET, HOMERO, Cine Lecturas II: “ABC del Film Noir”, Trilce, 1991, Montevideo (págs. 71 – 80)

- PORFIRIO, ROBERT; SILVER, ALAIN; URSINI, JAMES: Film Noir Reader 3: “Billy Wilder. About Film Noir. An interview by Robert Porfirio”, Limelight Editions, 2001. Fragmentos citados extraídos de URL: www.imagesjournal.com/issue10/features/wilder.

- BAZIN, ANDRÉ ¿Qué es el cine?: “La evolución del lenguaje cinematográfico, Rialp. (págs. 81 – 90)


[1] Entrevista original publicada en: Porfirio, Robert; Silver, Alain; Ursini, James: Film Noir Reader 3: Billy Wilder. About Film Noir. An interview by Robert Porfirio”, Limelight Editions, 2001. Fragmentos citados extraídos de URL: www.imagesjournal.com/issue10/features/wilder.

[2] Alsina Thevenet, Homero. Cine Lecturas II: “ABC del Film Noir”, Trilce, 1991, Montevideo. (pág. 72)